POR UNA CABEZA
Argentina, España y la víspera del bicampeonato
Rubén Carrillo Ruiz
La pelota no se mancha.
Diego Armando Maradona, La Bombonera, 10 de noviembre de 2001
I. LA FINAL QUE CANCELÓ EL DESTINO
Hay partidos que se suspenden, aplazan y, más raramente, que el destino confisca para devolverlos agrandados. La Finalissima entre España y Argentina —duelo ceremonial entre el campeón de Europa y el de América— debía jugarse el 27 de marzo en Lusail, el mismo estadio donde Messi levantó la tercera estrella. La geopolítica la volvió inviable; la diplomacia del fútbol, menos hábil que sus gambetas, no encontró sede: España quería Madrid, la AFA el Monumental, y la UEFA, resignada, canceló.

II. VOLVER
La memoria de la final entre Argentina y España cabe en una simetría casi borgeana. Como si la historia hubiera dejado deliberadamente la cuenta en tablas para que la final del domingo funcionara como desempate de sesenta años. El único cruce oficial ocurrió en el Mundial de Inglaterra, en 1966: doblete de Luis Artime, triunfo criollo. El último, en cambio, es una cicatriz que en Buenos Aires todavía supura: Madrid, marzo de 2018, seis a uno. Ningún argentino lo menciona; ninguno lo olvida.
El tango legisló sobre estas vísperas. Volver, que Gardel y Le Pera escribieron en 1935, sostiene que «veinte años no es nada», y la aritmética del fútbol lo confirma: ocho años median entre aquella goleada y esta final, y parecen un siglo, porque en el intervalo Argentina pasó de la humillación al trono. Messi, a los treinta y nueve, vuelve a una final del mundo con la frente —digámoslo con delicadeza gardeliana— apenas ajada por las nieves del tiempo. Pero quien vuelve nunca vuelve igual: regresa corregido, como una segunda edición aumentada. Y las segundas ediciones, cuando el autor es este, suelen ser definitivas.
III. EL SUEÑO DEL PIBE
Contra Inglaterra, en la semifinal, Argentina ejerció su especialidad reciente: la remontada como género dramático. Dos goles en los últimos diez minutos, Enzo Fernández y Lautaro Martínez, ambos nacidos del pie zurdo de Messi. Hay equipos que ganan por acumulación y otros por epifanía; este gana por epifanía administrada: espera, sufre, y cuando el rival cree que el relato está cerrado, le corrige el desenlace. La milonga —tango cuando le urge llegar al área— tiene exactamente ese ritmo: dos por cuatro, pelotazo y definición.
Hay un tango de 1945 en el que un muchacho recibe la citación de un club, le promete a su madre que será un gran jugador y, al dormirse, sueña que convierte el gol de la victoria. Ese tango es el inconsciente colectivo del fútbol argentino: cada pibe de potrero lo ha soñado antes de saberlo cantar. La literatura del país lo confiesa en prosa: Sacheri narró la espera del ídolo de barrio, Fontanarrosa fechó un milagro futbolero como quien data una batalla, Soriano estiró un penal durante una semana entera de niebla pampeana. La literatura argentina no describe el fútbol: se confiesa en él. Por eso una final del mundo, allá, no es un partido: es un capítulo que cuarenta y siete millones de coautores escriben a la vez.
IV. LA BIBLIOTECA DE LA PELOTA
Borges desdeñó el fútbol con una de sus cortesías feroces —llegó a programar una conferencia sobre la inmortalidad a la misma hora del debut argentino en el Mundial del 78—, y sin embargo escribió milongas para cuchilleros de Palermo que hoy podrían cantarse, sin cambiarles una coma, a ciertos números cinco. Galeano, en cambio, recorría el mundo con el sombrero extendido, mendigando «una linda jugadita, por amor de Dios». Villoro zanjó la teología del asunto desde el título: Dios es redondo. Entre el desdén de Borges y la mendicidad de Galeano se extiende toda la crítica literaria posible sobre este deporte; el domingo, en Nueva Jersey, se dirime cuál de los dos tenía razón.
Los jugadores también dejaron doctrina, y a veces mejor que los doctores. Valdano —argentino campeón en el 86, voz cantante del fútbol español durante décadas, puente viviente entre las dos orillas de esta final— acuñó el «miedo escénico», tecnicismo teatral que los estadios validaron como diagnóstico clínico. Y Emiliano Martínez, el arquero que ataja penales con los ojos, formuló hace meses un aforismo de estratega prusiano: «los delanteros ganan partidos; pero la defensa, títulos». La final someterá esa sentencia a examen riguroso, porque enfrenta al mejor ataque del torneo con la mejor defensa. Diecinueve goles contra uno solo encajado: el poema contra la gramática, el arrebato contra la sintaxis. España cambió el vértigo de su Eurocopa por el control; Argentina sigue creyendo que el orden es lo que ocurre mientras Messi decide.
V. MILONGA DEL POSIBLE BICAMPEÓN
Lo digo con prudencia: el bicampeonato es, por ahora, una errata del futuro, una palabra que la historia todavía no valida. Pero los argumentos a su favor existen y no son cábalas: un ciclo que no pierde finales desde 2021, un capitán que convirtió la vejez en una forma superior de la pausa, y un vestuario que aprendió en Qatar que sufrir es apenas un trámite del festejo. Enfrente, una España seria, coral, sin solistas en plenitud pero con partitura: el equipo que menos concede de todos los que quedaron en pie.
Discépolo dictaminó en 1934 que «el mundo fue y será una porquería», y el siglo se empeñó en darle la razón. Pero el futbol existe, entre otras cosas, para desmentir a Discépolo durante noventa minutos: para que, por una tarde, el que la va de vivo no gane y el esfuerzo signifique algo. Un bicampeonato argentino sería, además, una enmienda a la estadística: nadie gana dos mundiales seguidos desde el Brasil de Garrincha, hace sesenta y cuatro años.
En Buenos Aires, cuando todo pende de un hilo, se invoca un nombre como conjuro: ¡Pugliese, Pugliese! El domingo habrá bandoneones invisibles en Nueva Jersey, y alguna radio de Colima —donde también se milonguea la esperanza— tendrá sintonizada La Yumba como música de fondo del televisor. Este ensayo se escribe en la víspera, y la víspera tiene su gramática: el condicional, el modo verbal de la esperanza. Ganaría, sería, volvería a gritarlo. El título de estas páginas lo advierte: por una cabeza se pierden las carreras y se ganan los mundiales, y todo triunfo verdadero se decide en ese margen mínimo donde la historia duda. Si Argentina gana, el tango habrá tenido razón una vez más: cuatro años no es nada, volver es siempre la primera vez, y el bicampeonato se escribirá como se escriben los mejores tangos: en tiempo pasado y con la voz quebrada.
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